Las protestas contra la gentrificación en México se radicalizan al calor del nacionalismo y la memoria histórica

gjhk

Septiembre 7 de 2025

Este verano se han registrado hasta la fecha tres marchas contra la gentrificación en Ciudad de México. Y seguimos contando.

El término gentrificación podría postularse como palabra del año. Su acepción más común tiene que ver con la migración de personas con un poder adquisitivo mayor al de los residentes del lugar de acogida. Esta definición de ONU-Habitat, la agencia de Naciones Unidas que promueve el desarrollo urbano sostenible, describe lo que está sucediendo en muchas ciudades y países.

Los extranjeros que llegan a residir pagan altas sumas por alquileres, restaurantes y servicios, dado que sus monedas valen más, ya sean dólares o euros. En consecuencia, por un efecto de la ley de la oferta y la demanda, terminan encareciendo el costo de la vida del lugar, desplazando a los locales y borrando señas de identidad.

El fenómeno ha puesto bajo el foco a la Ciudad de México y a algunos pueblos mágicos del país, como San Miguel de Allende, en el estado de Guanajuato. Su rastro se ha extendido también a otras partes de la República mexicana, como Mazatlán, Oaxaca o Mérida. Y a pueblos ribereños de la Laguna de Chapala, como Ajijic y Jamay (ambos en el estado de Jalisco).

Demandas justas

Bajo el lema “no es desarrollo, es despojo”, la segunda de las marchas contra la gentrificación de este verano en la Ciudad de México, convocada por más de 20 organizaciones cívicas, dejó un manifiesto con demandas concretas.

Estas se centran en medidas orientadas a regular el derecho a la vivienda y parar los pies a los megaproyectos urbanos, respetando la autogestión comunitaria de los pueblos orginarios.

Pero, en México, el ardor contra la gentrificación, visible en las calles, presenta otras condiciones específicas relacionadas con el imaginario social.

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Estas particularidades tienen que ver con algunos demonios históricos y culturales. La lista incluye la conquista y colonización, la guerra con Estados Unidos, la invasión francesa, la entronización de un príncipe austríaco, el malinchismo y una obsesión nacionalista para denunciar cualquier atisbo de presencia extranjera que ponga en peligro la descolonización.

Luchas de clases, xenofobia y prejuicios

La desigualdad social y el desnivel económico entre los nativos y los extranjeros agitan el cóctel. Una combinación cuyos frutos remueven el espectro de la lucha de clases, así como la xenofobia o el odio al de fuera, al “fuereño”.

Todo comienza con el acto de migrar, de irte de tu lugar de nacimiento a una nueva tierra, con gente distinta, buscando una mejor vida o escapando de otra peor. Al migrante se le etiqueta muchas veces, echando los prejuicios por delante. En la categorización del migrante hay escalas de xenofobia que impone el lugareño. La intención de migrar despliega una serie de categorías, y una de ellas, la última en ser mencionada, tiene que ver con la gentrificación.

Los migrantes cuya intención es delinquir, estafar, cometer fraudes o cualquier tipo de ilícito representan una minoría, como demuestran las estadísticas y confirman las cifras.