Quién fue el «Pinochet africano» y cómo el «cazador de dictadores» contribuyó a su caída

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Septiembre 7 de 2025

Apodado el «Pinochet africano», Hissène Habré -expresidente de Chad- fue durante décadas sinónimo de miedo y represión.

Pero 26 años después de ser derrocado, en mayo de 2016, su nombre también se convirtió en sinónimo de justicia internacional, al ser el primer exjefe de Estado en ser condenado por delitos contra los derechos humanos en los tribunales de otro país.

Su implacable perseguidor fue el abogado estadounidense Reed Brody, llamado por varios medios el «cazador de dictadores», quien lideró una compleja -y, a ratos, frustrante, admite- defensa de las víctimas de Habré, quien tomó el poder de la antigua colonia francesa en 1982.

En su libro «Atrapar a un Dictador» -que en mayo lanzó su primera edición en español- Brody cuenta detalles inéditos del largo proceso judicial para el que utilizó los mismos principios jurídicos que se aplicaron en la detención del chileno Augusto Pinochet en Londres, en 1998.

El abogado también participó de ese caso, coordinando la intervención de la organización internacional Human Right Watch en apoyo a las víctimas.

«El caso de Pinochet fue imprescindible para poner a Hissène Habré tras las rejas; fue un despertar para los activistas y las víctimas de todos los regímenes represivos del mundo», señala en entrevista con BBC Mundo.

De la vida rural al poder

Hissène Habré gobernó Chad durante ocho años, desde 1982 hasta ser derrocado en 1990.

Nacido en 1942 en el seno de una familia de pastores en Faya-Largeau, una ciudad en el vasto desierto del norte del país africano, su infancia ciertamente no anticipaba que un día llegaría a ocupar el palacio presidencial. Pero su destino comenzó a cambiar cuando lo enviaron a estudiar Ciencias Políticas a París. «Allí se impregnó de ideas revolucionarias», explica Reed Brody.

«Estaba fascinado con la figura del Che Guevara, y se veía a sí mismo como alguien que iba a liberar a su pueblo».

«En esto, tiene una diferencia importante con Pinochet, quien era más bien un católico defensor de la tradicionalidad y cercano a la derecha», añade.

En 1971, con sólo 29 años, Habré regresó a su país y se dedicó a formar una milicia en el desierto que terminó por convertirse rápidamente en un sólido ejército de cientos de hombres.

Sus tropas se hicieron conocidas en 1974, cuando capturaron a tres ciudadanos europeos, entre los que estaba la arqueóloga francesa Françoise Claustre.

Su objetivo era intercambiar a los rehenes por cuantiosos montos de dinero, lo que logró sólo con uno de ellos. Otro escapó y Claustre permaneció en cautiverio durante más de 30 meses.

Aunque finalmente fue liberada, su caso logró que Habré fuera reconocido como un «poder a tener en cuenta», afirma Brody en su libro.

En 1978, el entonces presidente de Chad, el general Félix Malloum, nombró a Hissène Habré como su primer ministro.

Eran tiempos convulsos, en los que Muamar Gadafi, gobernante de la vecina Libia, ordenó diversas invasiones en el norte de Chad.

Tras Malloum, Goukouni Oueddei, un aliado de Gadafi, tomó la presidencia y eligió a Habré como su ministro de Defensa.

Pero éste se volvió en su contra, molesto por la influencia de Libia, con lo que se ganó el apoyo de Francia y de Estados Unidos, respaldos que le allanaron el camino hasta que en junio de 1982 lideró un golpe de Estado que lo llevó a la presidencia. A su vez, creó la Dirección de Documentación y Seguridad (DDS), un organismo de inteligencia y seguridad que desempeñó un rol clave en la represión y en la violación de los derecho humanos. Sus directores le reportaban directamente.

Un estudio de 714 páginas realizado por la organización Human Rights Watch (HRW), de la cual Reed Brody era parte, documenta cómo Habré fue responsable de asesinatos políticos y tortura sistemáticos y de miles de arrestos arbitrarios.

«Atacó periódicamente a la población civil, y a diversos grupos étnicos (…), asesinando y arrestando masivamente cuando percibió que sus líderes representaban una amenaza para el gobierno», asegura el documento de HRW.

Según un extracto del libro de Reed Brody, «cuando se producían interrogatorios a prisioneros, la tortura no era una excepción, sino la norma».

«Uno de los métodos más empleados fue el tristemente célebre arbatachar, en el que se le ataban al prisionero las extremidades a la espalda para interrumpirle la circulación, cosa que a menudo daba como resultado la parálisis permanente. A otros presos les colocaban la cabeza sobre una plancha y se la prensaban, o les aplicaban descargas eléctricas, o los torturaban ahogándolos», se señala en «Atrapar a un Dictador».